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Bienvenida la reunión que tuvo lugar en una oficina del Capitolio, a propósito del pulso que se adelanta sobre el proyecto legislativo que crea la sala exclusiva para militares y miembros de la fuerza pública en la JEP.


Efectivamente fue sorprendente ver la foto del expresidente Uribe y de varios senadores del Centro Democrático, explorando fórmulas de acuerdo con dos senadores de la Farc y con los senadores Petro y Cepeda.

Sin embargo, eso que nos tiene tan sorprendidos a los colombianos, no debiera sorprender a nadie en una democracia. Las democracias no sólo deben preocuparse por tramitar pacífica y civilizadamente las diferencias. También les es indispensable que sus líderes comprendan la necesidad de acudir a espacios de diálogo adonde darse la oportunidad de explorar puntos de convergencia, sin los reflectores alucinógenos de la oratoria pública y sin las guerras psicológicas en que los estrategas han convertido el marketing electoral.

Debiéramos caer, todos los colombianos, en la cuenta autocrítica del mal síntoma que significa que hayamos quedado sorprendidos con este encuentro, cuando estos encuentros entre dirigentes políticos adversarios se registran como normales en las democracias. Bástenos recordar, y nunca olvidar algo tan elemental, que el diálogo fue el primer invento de la humanidad para evitar las guerras y evitarnos las violencias.

Todos, y sobre todo los dirigentes políticos, debiéramos ser conscientes de los dolores profundos que hemos tenido que padecer históricamente por causa de este “olvidito”.

Pensando con más detenimiento, la polarización política no basta como explicación. Otros países han vivido también polarizaciones agudas, sin embargo los canales de diálogo se han mantenidos siempre abiertos. Lo que ocurre en Colombia es que la polarización se inscribe en una historia de violencias que sigue viva y en la inclinación ancestral e irresponsable de los políticos y los medios de comunicación que los lleva a traducir en insultos y en ofensas personales y familiares, las contradicciones políticas.

Esa costumbre mediática de convertir el debate político en Circo Romano, ha ido exacerbando los odios personales hasta el extremo de hacer casi imposible la disposición tranquila del alma que suponen los diálogos humanos.

Por lo pronto, esperemos que este nuevo espacio arroje sus frutos positivos en relación con la JEP, pero sobre todo, que constituya el nacimiento de un verdadero escenario de diálogo político donde se construyan los consensos fundamentales que tanta falta le hacen a nuestro país.

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