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La mafia jamás financió la toma del Palacio de Justicia


María Fernanda Cabal dijo que le conté que el M-19 se tomó el Palacio de Justicia por cuenta de haber recibido dineros del narcotráfico, y eso es absolutamente falso.

Esa afirmación se la escuché en un debate que sostuvo en la W con María José Pizarro.

Y digo que es absolutamente falso por dos razones: la primera, porque jamás en mi vida lo he dicho, ni a María Fernanda ni a nadie, y la segunda, porque la toma jamás fue financiada ni, mucho menos, auspiciada por la mafia.

Tal como lo he expuesto en incontables foros y debates, nada tan sintomático de la incapacidad de Colombia para asumir con valentía y estatura sus dolores históricos, como la versión deplorable de que todo se trató de un “encargo” que le hizo Pablo Escobar al M-19.

Las complejas circunstancias históricas que determinaron la toma no permiten ser analizadas en un artículo corto como este, sin embargo, es pertinente exponer algunas consideraciones que dibujan de cuerpo entero lo absurdo de la acusación que señala que el verdadero propósito de la toma consistió en quemar los expedientes de Pablo Escobar en la Corte Suprema de Justicia.

Ridículo.

Los colombianos que vivieron y conocieron al M-19 saben que sus hechos, los grandes y los pequeños, sus victorias y sus derrotas, siempre fueron inspiradas en un ideario y una forma de ser donde jamás cupo la más mínima posibilidad de ser mercenarios de nadie.

Para la fecha de la toma del Palacio de Justicia, el M-19 ya había desplegado las operaciones urbanas y rurales más audaces del país, que demostraban, de sobra, que estaba muy por encima de la necesidad de pedirle plata a cualquier mafioso para poder decidir y actuar. El M-19 siempre decidió y actuó con absoluta libertad, movido por su forma particular de ver las cosas; de lo contrario hubiera sido imposible alcanzar la creatividad política y militar que todos, aún sus antiguos enemigos, le reconocieron.

A lo largo de todos estos años se ha dicho de todo sobre el M-19. Sus malquerientes no han ahorrado en agravios y, muchas veces, tampoco han tenido reparos para inventarse historias traídas de los cabellos, con tal de desfigurar su memoria. Pero, tal vez lo único que nunca se ha dicho, es que sus dirigentes fueron personas torpes, de malas para pensar en la política y en la guerra.

Nadie que les reconozca a los dirigentes del M-19 un mínimo de inteligencia, puede comerse el cuento burdo de que la toma del Palacio de Justicia se hizo para entrar a los archivos de la Corte Suprema de Justicia a quemar los expedientes de extradición contra los capos del narcotráfico.

No hay que desgastarse en el difícil universo de la prueba en el derecho penal. Basta con someter el cuento a una prueba básica de verosimilitud, para que se desmorone como hiel en el mar de babas en que lo han puesto a flotar.

Es inaudito creer que por la mente de alguien, con dos dedos de frente, alguna vez pudo pasar que quemando unas carpetas desaparecería la persecución mundial contra los capos más aterradores de ese entonces.

Daría para una nueva máxima del absurdo: “quemado el expediente, olvidado el crimen”.

Pero hay más. Quien hubiera caído en ese sopor de estupidez política y jurídica, también ha debido caer en una crisis de sonambulismo militar.

¿A quién que, por lo menos, haya jugado una vez a ladrones y policías en el colegio, se le ocurriría arriesgar la vida de cuarenta y cinco de sus mejores y más queridos hombres y mujeres para tomarse militarmente la sede mayor de la justicia, en el centro de la capital, contra todo un ejército, para hacer lo mismo que se podría lograr con un frasco de gasolina, un fósforo y unos pocos fajos de billetes para seducir a un funcionario?

Eso no tiene ni pies ni cabeza. Como tampoco tienen ni pies, ni cabeza, ni autoestima, quienes han salido durante todos estos años, como loros, a cantaletear esas sandeces.

Mientras haya quienes sigan queriendo tapar el sol con mentiras, nuestra nación no podrá mirar su historia de frente. Y mientras no la mire de frente, no podrá superar las desgracias de siempre, entre ellas, “que la vida no sea asesinada en primavera”.

Cada vez que lo recuerdo, pienso cuánta falta hace, en esta hora de emergencia moral, el alma limpia y valiente de Carlos Pizarro, mi hermano.

El Evangelio por encima de la política



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