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Resulta dolorosamente dramático que la inmensa mayoría de los colombianos no duden que la mano del poder estuvo detrás de las muertes de la familia Pizano.


Por los hechos, todo parece indicar que se trató de un crimen.

Desde lo humano, el acontecimiento no puede ser más triste. La muerte de un hombre enfermo, deprimido y solitario, luchando desesperado por la justicia, enfrentando a pecho abierto la indolencia erizada de la corrupción. Y su hijo, un hombre de 31 años, disfrutando del primer embarazo de su mujer, que al cabo del funeral de su padre, creyendo compartir con él su último sorbo de agua, cayó envenenado por el cianuro misteriosamente dispuesto en la botella.

Desde lo institucional, el acontecimiento no puede ser más grave. La sombra penumbrosa de la duda envuelve a la institución creada, precisamente, para luchar contra el crimen.

Desde lo empresarial, el acontecimiento no puede ser más preocupante. El empresario más rico de Colombia -así se mide la importancia entre los ricos-, aparece como sospechoso, a propósito de su relación con el caso de corrupción Odebrecht.

Desde lo moral, el acontecimiento no puede ser peor. El típico caso de cuando la codicia tiende a pasar del robo a la muerte. Es de la naturaleza del pecado estar constantemente en riesgo de caer más bajo cada vez. Es inexorable que el crimen termine esclavizando al criminal; un robo al servicio de un homicidio, un homicidio al servicio de la corrupción. En fin, siempre un crimen al servicio del anterior, así es su dinámica perversa.

Pero hay algo que no se ha dicho, hasta ahora, y que merece nuestra reflexión más profunda como sociedad.

La inmensa mayoría de los colombianos no albergan la más mínima duda de que el posible crimen tuvo origen en las más encumbradas esferas del poder, del poder público, y también del privado, o mejor dicho, en este caso, del más alto poder del sector privado y, después, del público.

Y no es de sorprenderse porque en la larga historia de crímenes horrendos que hemos tenido que sufrir, además de cualquier otro invitado, siempre ha hecho ostentosa presencia el Estado de la mano de algún poder económico.

Aún más evidente que la corrupción y la muerte que rodean la realidad de dolor de la familia Pizano, es la inclinación instintiva del colombiano a creer que no hay límites en el mal que pueda esperarse del poder político y económico.

Vivimos una sospecha sustancial, íntima, frente a lo que nos gobierna, frente a lo que nos manda y, lo más triste de todo… Bien merecida la tienen.

Dios nos libere.

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