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Superadas, por fin, la estupidez política y la indolencia social del IVA en la canasta familiar que quiso imponer el proyecto de reforma tributaria, esperamos que el debate público se abra a otros horizontes, comenzando por el del significado que tiene el sistema fiscal para la gente, que es la que finalmente termina pagándolo todo.


El primer problema que hoy aqueja al sistema de impuestos de Colombia es su ilegitimidad descomunal. Y este rechazo, casi unánime, tiene orígenes que van mucho más allá de la justa indignación que causan las minas quiebrapatas de la corrupción que les revientan a los ciudadanos cada vez que el Estado asoma su rostro.

Lo que está haciendo crisis hoy es el concepto neoliberal del sistema tributario que nos embutió el clubsito de economistas que vienen manejando la economía desde hace 30 años, ininterrumpidamente.

Hasta entonces -por más que pagar impuestos jamás haya sido un deleite para nadie- el pago de impuestos formaba parte de los deberes ciudadanos, dentro del espíritu de solidaridad que los obligaba moralmente con el bien común, con su comunidad y con su país.

Desde entonces, desde la irrupción neoliberal, los impuestos cambiaron de significado y se redujeron a ser el pago que los ciudadanos y las empresas hacen a cambio de los servicios que se reciben por parte del Estado.

Un cambio ético del cielo a la tierra, un triple salto mortal que transformó la naturaleza misma de la relación de la persona con el Estado.

Se pasó de la definición social del pago de impuestos como deber de solidaridad del ciudadano, por la de los impuestos como moneda con qué pagar los servicios producidos por el Estado, esta vez en clave de mercancías. En cuanto al sistema fiscal, el neoliberalismo cambió la condición del ciudadano con derechos y obligaciones por la del cliente que le compra unos productos al Estado.

Así de claro: de ciudadanos a clientes.

Si a este cambio de paradigma ético le sumamos la explosión de corrupción que esta antiética ha contribuido a desbordar, podemos acercarnos a comprender la repulsión generalizada del pueblo colombiano a toda iniciativa tributaria.

Este cambio radical del significado también ha cambiado la actitud general de la gente hacia el Estado, y por ahí derecho hacia su sociedad.

El ciudadano le incorpora otros valores al pago de impuestos, tales como la solidaridad, el sentido de pertenencia a su sociedad, el aporte a la justicia y el bienestar colectivo.

El cliente sólo busca mejorar su relación costo-beneficio frente a la transacción que realiza, sólo busca la más grande satisfacción, para sí, individual, frente a lo que paga.

No es del todo equivocado afirmar que el clubsito de economistas neoliberales, de quienes es urgente liberar al país, comienzan a comer de su propio cocinado. Ya nadie, y con razón, quiere pagarles impuestos, y menos para que se los sigan robando.

Así de claro: de ciudadanos a clientes.

Si a este cambio de paradigma ético le sumamos la explosión de corrupción que esta antiética ha contribuido a desbordar, podemos acercarnos a comprender la repulsión generalizada del pueblo colombiano a toda iniciativa tributaria.

Este cambio radical del significado también ha cambiado la actitud general de la gente hacia el Estado, y por ahí derecho hacia su sociedad.

El ciudadano le incorpora otros valores al pago de impuestos, tales como la solidaridad, el sentido de pertenencia a su sociedad, el aporte a la justicia y el bienestar colectivo.

El cliente sólo busca mejorar su relación costo-beneficio frente a la transacción que realiza, sólo busca la más grande satisfacción, para sí, individual, frente a lo que paga.

No es del todo equivocado afirmar que el clubsito de economistas neoliberales, de quienes es urgente liberar al país, comienzan a comer de su propio cocinado. Ya nadie, y con razón, quiere pagarles impuestos, y menos para que se los sigan robando.

No cabe la menor duda de que algo saldrá de la reforma tributaria que está en el Congreso, ni de que nadie se salvará de que le sigan metiendo la mano al bolsillo, y menos aún de que no hay quien quiera seguir tragándose ese sapo.

Cuando un régimen fiscal no cuenta con la más mínima legitimidad, toda reforma tributaria se siente como un latigazo impuesto en el alma de la nación.

Es decir: un impuesto triste y doblemente impuesto.

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