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Cómo pasa el tiempo… hoy, 17 de enero de 2019, se cumplen 45 años desde que el M-19 sacó la espada de Bolívar del museo donde permanecía.


El Turco Fayad, jefe de la operación, solía comentar entre amigos que cuando abrazó la espada bajo su ruana, para esconderla y poder salir de la Quinta de Bolívar sin llamar la atención, no alcanzó a imaginar la trascendencia que alcanzaría en Colombia y en América Latina el robo de la espada.

Es que en aquel entonces, Bolívar hibernaba en la historia, atrapado entre un montón de imágenes empalagosas y polvorientas que colgaban en las paredes de los alcaldes godos y entre las versiones acartonadas que lo ponían como el padre del Partido Conservador. A los prohombres conservadores les fascinaba posar de bolivarianos y los prohombres liberales se desvivían por hacer santanderismo.

Ese día del robo de la espada fue el nacimiento del M-19 y, con tal fin, se realizaron dos operaciones: el robo de la espada y la toma del Concejo de Bogotá. De hecho, como anécdota curiosa, el pronóstico del M-19 apuntaba a que la operación que más impacto tendría sería la toma del concejo. Se equivocó por completo. La toma del concejo pasó inadvertida y el robo de la espada estremeció desde un comienzo.

Nacer con la espada de Bolívar en las manos tenía el franco propósito de darle un sentido nacionalista y patriótico a la revolución, se quería liberar los horizontes del pueblo de ese izquierdismo crónico, incapaz de soñar a Colombia por fuera de los dogmatismos leninistas y maoístas y trotskistas y de cuanta vaina extrajera les diera por importar.

Podría decirse que con el robo de la espada el M-19 buscaba desmamertizar la revolución, buscaba reencauzarla en nuestra historia, intentaba descifrar en nuestro pasado las coordenadas de su destino.

A partir del robo, el M-19 le quitó la escarcha que le echaron encima durante siglo y medio y le expuso al país y al continente un Bolívar lleno de vitalidad, símbolo de independencia y democracia, de un mestizaje y una valentía que sedujeron a la nación y, sobre todo, a unas juventudes que querían jugársela a una historia propia y no ajena e importada.

Los primeros que brincaron iracundos fueron los mamertos, que se dedicaron a decir que la reivindicación bolivariana era prueba más que suficiente de que el M-19 era una creación de la CIA, que Bateman e Iván Marino eran agentes de la CIA.

Pasados los años, y habiendo quedado enterrado el embuste por los hechos y por el enorme respaldo popular que alcanzó el M-19 –hubo momentos en que las encuestas marcaban un 87% de simpatía-, las FARC decidieron subirse al bus del bolivarianismo, escondieron a Marx y a Lenin, y hasta crearon el partido bolivariano clandestino.

Por esas mismas épocas, le dio a Chávez por crear al Bolívar chavista. Un Bolívar que hablaba como Chávez, se reía como Chávez, cantaba como Chávez, y hasta le hacía de consejero a Chávez en trances de espiritismo.

Y quién hubiera podido imaginarlo hace 45 años,   hemos llegado a ver un Bolívar Maduro, comunicándose a través de pajaritos hechiceros, hermanado en su sueño libertario con el zarismo de Putin, y entregándole a su pueblo, al que todavía queda en Venezuela, sus proclamas y sus proclamos, sus espadas y sus espados, para que defiendan a Nicolás.

Me duele mucho que las nuevas generaciones, mis hijos entre ellas, no hayan conocido, hasta hoy, a ese Bolívar que el Turco Fayad sacó, escondido entre una ruana raída y un corazón palpitante, de una larga hibernación.

Me duele que los jóvenes de hoy no encuentren referentes genuinos de dignidad, independencia y democracia en nuestra historia.

Me duele ver cómo volvieron a llenar de escarcha la figura de Bolívar, cómo abusaron de su historia para cometer las barbaridades que siguen cometiendo, cómo le robaron al pueblo su auténtico Bolívar.

Cómo me duele pensar en el dolor que hubiera sentido Bolívar si hubiera tenido que ver a los venezolanos recorriendo, como mendigos, el continente por el cual vivió y murió.

Cómo pasa y pesa el tiempo…

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