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Con este nuevo líder al frente del pueblo venezolano, ahora sí estoy seguro de que los días de Maduro están contados.


Hasta ahora se observaba la falta de ese gran líder al que el pueblo reconociera como su conductor y le entregara su decisión, su pasión y su valentía hasta las últimas consecuencias.

Todo parece indicar que la revelación ha ocurrido y que el hombre es Juan Guaidó.

Las luchas de los últimos años han contado con hombres y mujeres que han ejercido liderazgos sacrificados y admirables, y que han tenido que padecer la persecución, la tortura, el exilio y la muerte. Sin embargo, hasta ahora no había ocurrido el alumbramiento de esa empatía telúrica y misteriosa que ocurre entre un pueblo y un líder en los momentos clave de su historia.

Seguí toda su alocución en la rueda de prensa multitudinaria que concedió en la plaza pública y quedé absolutamente conmovido por su inteligencia y su capacidad política, pero, sobre todo, por la sintonía de entrañas que vibraba entre el pueblo y él.

Su capacidad de conductor quedó plasmada con la claridad del itinerario político que les fijó: derrocar a la dictadura, organizar el gobierno de transición y realizar elecciones libres. Así, sin más arandelas, sin lugar a dudas, compresible para todos. Lo mismo que cuando les fijó las tareas para este fin de semana: el sábado reunirse por barrios y municipios en asambleas populares y el domingo reunirse en grupos pequeños para imprimir la que sería la ley de amnistía a las fuerzas armadas y llevarles las copias a los militares, policías y agentes de seguridad que conozcan, para invitarlos a que abandonen a la dictadura y se sumen a la causa de la democracia.

Así mismo mostró dotes extraordinarias de pensador político cuando expresó la validez de su condición de presidente legítimo a la luz de la constitución, pese a no contar aún con las riendas del gobierno a propósito de la usurpación de la dictadura. También logró convencer de su condición de gobernante con la jugada maestra de invitar a los funcionarios del cuerpo consular venezolano en Estados Unidos a que no acaten la orden de retorno que les dio Maduro, por la ruptura de sus relaciones con Washington, y a que se queden, en representación de su gobierno, cumpliendo con sus funciones para atender a las necesidades del millón de compatriotas que hay en ese país.

Con un lenguaje llano, popular, convincente, planteó planes de ayuda humanitaria que comienzan a llegarles y que destinará, primero que todo, a la alimentación de los enfermos que se encuentran hospitalizados en esas ruinas en que la dictadura ha convertido el sistema de salud.

Arrancó aplausos con la decisión de comenzar la lucha contra la corrupción buscando la recuperación de los miles de millones de dólares que los funcionarios ladrones del régimen tienen consignados en cuentas de bancos internacionales, y que sin lugar a dudas pertenecen al pueblo de Venezuela.

No cabe duda de que la de ayer fue una faena magistral de identidad, empatía y seducción entre Guaidó y su pueblo, y esto constituye un elemento estratégico para la victoria.

Conocedores de las tentaciones propias del alma humana y de la política, no está de más advertir que no faltarán uno que otro dirigentes aliados que comiencen a reflejar celos políticos hacia Guaidó a través de querer meter en estos difíciles momentos discusiones y argumentos supuestamente democráticos y de búsqueda de consensos. Pero la verdad, es más el daño que harían que el “aporte” que darían. Sería no comprender que el nuevo liderazgo de Guaidó no es un trofeo para la vanidad de nadie sino una herramienta indispensable en la lucha contra la dictadura. La historia ha demostrado que sin un líder fuerte que inspire a su pueblo y que ponga algo de orden en las dispersas huestes políticas de la oposición, no habrá victoria.

Toda lucha grande requiere de un gran líder, y todo gran líder requiere de que los líderes que lo rodean tengan un claro sentido de la responsabilidad y, cómo no, de la humildad.






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