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Algunos dicen que es el ELN, ¿pero, no será más bien Maduro?

Ya es una constante que el nombre de Arauca aparezca siempre que se toca el tema, cada vez más preocupante, del crecimiento de las ilegalidades en las regiones de Colombia.

Y la alarma que se prende cada vez con más frecuencia respecto de Arauca no es para menos, en virtud de que lo que realmente está operando allí es un control social, político y miliciano de la región por parte del delito, que contrasta con una pérdida creciente y visible de la soberanía por parte del Estado.

Y no se requiere de análisis sofisticados para ir llegando a esa conclusión. Basta con sentarse a conversar cinco minutos con los vecinos de cualquiera de sus municipios para enterarse del control determinante que ejercen los grupos armados en aspectos tan sensibles como la contratación pública o los permisos y vetos para adelantar la actividad política o la vacuna que deben pagar los empresarios grandes y los diminutos con una puntualidad tal que la envidiarían las más eficientes oficinas de impuestos del mundo.

Bien vale la pena hacer un alto en la forma generalizada como se registran los hechos violentos, tales como el atentado del fin de semana en Saravena contra las casas fiscales del batallón.

Las noticias y las declaraciones de los funcionarios señalan al ELN como su responsable, sin considerar que en términos reales esa organización renunció absolutamente a su autonomía de otras épocas para convertirse en una ficha más del ajedrez geopolítico de la dictadura venezolana. Ni las lógicas ni las decisiones que el ELN toma ahora responden a las dinámicas clásicas de la problemática colombiana, ahora todas ellas se subordinan a los planes de agresión constante de Maduro contra la democracia colombiana.

El cambio del diagnóstico es urgente en la medida en que nos pone frente a una nueva realidad que amenaza estratégicamente nuestra integridad territorial y nuestra sobrevivencia como régimen político.

No nos engañemos. Mientras en la polarización política interna nos distraemos con la discusión sobre si se interviene o no militarmente contra la dictadura, el señor Maduro y su corte nos invaden constantemente con sus incursiones a través de todo tipo de expresiones ilegales. Nos invaden constantemente con tráfico de armas, de narcotráfico, de minería ilegal, para no hablar de la protección sistemática a los jefes de todo tipo de delitos. Basta estar dispuestos a sembrar de crímenes y zozobras cualquier punto de la geografía colombiana para adquirir la impunidad y la protección de la dictadura venezolana.

A veces no es fácil distinguir entre quienes ignoran esta realidad por ingenuidad y quienes contribuyen a ignorarla por complicidad.

No nos engañemos más, la cosa es muy clara: en Arauca o manda Colombia o manda Venezuela.
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El periodista del New York Times escribió su artículo con bastante mala fe, pero sobre todo con un desconocimiento craso de la naturaleza y la magnitud actuales de las economías ilegales y del crimen que proliferan imponiendo su esclavitud en extensos territorios de nuestros campos y ciudades.
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