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Tuvieron que pasar casi nueve meses, desde que Duque se posesionó, para que la prensa bogotana decidiera poner el foco de sus titulares sobre el desastre de inseguridad por el que atraviesa Colombia.

Imágen: Revista semana

Y lo hizo de la peor manera, o por lo menos de la más impresentable: haciéndose la que no sabía nada y acaba de enterarse.

No es posible que no lo supieran por la simple razón que los nuevos secuestros, los nuevos mares de coca, las nuevas extorsiones, los nuevos señores feudales, los nuevos cementerios forestales, la nueva proliferación del sicariato urbano, las nuevas mega-industrias de la minería ilegal y del contrabando, para mencionar sólo algunos ejemplos, de nuevos no tienen nada. O por lo menos ya venían ocurriendo desde los últimos años del gobierno de Santos, independientemente de que la prensa bogotana hubiera optado por desterrarlos del mundo virtual en el que sólo podían publicar los titulares sobre los acuerdos Santos-Farc y el mar de mermelada pacifofa sobre el que hemos venido atollándonos.

No nos llamemos a engaños. Lo cierto es que la gran prensa decidió ocultar la gangrena criminal que nos invade desde hace rato por dos motivos principalmente, ambos inconfesables desde el punto de vista de la ética periodística:

Primero, para serles leales al presidente de sus afectos y sus intereses. Con Santos hicieron un pacto de sangre y pauta tan jugoso, tan “sentido”, que convirtió a los periodistas, comenzando por sus editores y sus directores, en verdaderos militantes de unos acuerdos que nunca comprendieron completos y que convirtieron en dogmas de lo políticamente correcto.

Segundo, por el grado de vanidad desquiciado al que han llegado los grandes medios de comunicación. Todo cuanto los contradiga debe desaparecer... incluida la realidad.

Ellos piensan que, pasados ya los casi nueve meses de este gobierno, es tiempo suficiente para que la realidad de violencia e inseguridad desatadas no afecten ni la imagen de Santos ni a sus prestidigitaciones mediáticas.

Y en el fondo, es previsible que al país tampoco le importe mucho lo que pase con Santos y sus aliados.

Lo que de verdad nos importa a todos, y mucho, es cómo vamos a afrontar estas dictaduras de diversas expresiones criminales que nos imponen sus reglas de esclavitud en geografías enormes de nuestros campos y ciudades.

Que nadie se llame a engaños: este caos tiene una relación inseparable con la forma equivocada como se concibieron las negociaciones de La Habana y como fueron convirtiendo a la fuerza pública en una ONG más que ha olvidado casi que por completo su función de enfrentar al crimen.

O esto se comprende y se rectifica o habrá muy poco qué hacer.
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El periodista del New York Times escribió su artículo con bastante mala fe, pero sobre todo con un desconocimiento craso de la naturaleza y la magnitud actuales de las economías ilegales y del crimen que proliferan imponiendo su esclavitud en extensos territorios de nuestros campos y ciudades.
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